El extra

Poco a poco nos vamos perdiendo, los caminos nos separan como si fuera destino, hasta que ya no queda nada, ni siquiera una palabra.

De repente te encuentras con el desconocido, con aquel que ya habías conocido, con el que era tu gran amigo, casi ya vistiéndose de indiferencia ante ti, como si nunca te hubiera conocido.

Entonces sigues, con la nostalgia del ayer, con el recuerdo que parecía eterno, pero no te queda otra, no puedes volver de donde te han echado, no puedes obligar a la memoria a crear un presente con quien está ausente.

Y así te decides, actúas, interpretas un papel en el que serías el extra y te gusta, imitas al nuevo personaje,  a ese que ha creado el destino, en el que no eres tú, en el que haces lo que tú yo del pasado no es capaz de interpretar, te mueves y eres más ligero, sabes que estás haciendo lo que otros no harían, eres el extra y juegas con el principal la versión de aquello que era atrevido, peligroso. Juegas a vivir aventuras que tú yo del pasado no hubiese pensado, entonces te vuelves el principal, eres demasiado bueno como para seguir siendo el extra y así eliminas al pasado, a los que se quedaron atrás, a los que quizás ya no te reconocían porque la vida cambiaba y ellos en ella no te querían, y solo comprendes que era mejor así, que ellos quizás tenían un ritmo diferente, que tú no eras lo que ellos buscaban, que tú yo del pasado era un recuerdo borroso de lo que eres ahora.

Piensas, te detienes y te aterra la idea de estar solo, pero de pronto te miras y ves en ti que eras la compañía, el extra que hacía lo que otros no se atrevían, eras el amigo, el que estaba ahí, el que siempre mostraba todo, y entonces te vuelves a detener y entiendes que siempre estuviste solo, eras la compañía perfecta, pero nadie era lo suficiente como para ser tu compañía, nadie te alcanzaba, eras quien siempre daba más, quien se acoplaba a los demás, y es ahí donde te basta con ser tu propia compañía, con aquella que mejora sola y en la que la compañía de otros pasa a ser una opción. 

Árboles de cemento

Quería compartir mi mundo contigo pero me quemaste poco a poco en tus ansias de crecer en cimientos de concreto, sacrificaste mis ramas para perderte en ciudades tan iguales y tan desesperadas por respirar un aire lleno de plomo, me perdiste entre ventanas, entre tus piernas adornadas de cuero que caminaban sobre un suelo de cemento porque mi tierra era sucia, y entonces se perdió todo excepto tu ego por aquellos edificios que eran historias en base a sacrificio de árboles que habían vivido más que tus ancestros, olvidaste el aire que te mantenía vivo, olvidaste el oxígeno que te daban mis raíces en esa tierra sucia que alimenta el cuerpo de una naturaleza en desespero por mantener las sombras que te harían reposar, olvidaste la conexión más importante para conectarte al wifi mientras las venas de la naturaleza eran cortadas una a una por el egoísmo de una humanidad encaprichada con destruir lo que los mantiene vivos, olvidaste que las venas del amazona son el corazón de una tierra que te haría sentir el privilegio de lujos reservados solo para aquellos que eran capaces de cuidar la vida en su totalidad. Al final olvidaste que las cenizas de la naturaleza son la resta de tu oxígeno.

Un escritor desesperado

Padezco de un cansancio extraño en el que las personas se miden por el tiempo en que las veo y no por los años que transcurren, acumulo sus palabras como textos en libros, tengo libros casi llenos de páginas en blanco y otros de tinta gastada queriendo completar sus historias. Y confieso que a veces quiero terminar de saber, pero en la mayoría de mis libros no hay un final al que llegar porque me encuentro cansada al leer solo las primeras páginas, al transcribir sus charlas tan comunes, tan esperadas y tan malgastadas de la vida. En texto sonara horrible lo que diré, y es que; las personas a mi alrededor cansan cuando son transcritas en textos, sus historias parecen estancadas en capítulos conformistas que no dan  más para contar, y mucho menos que escribir. Y aquí estoy, intentándolo de nuevo, nuevas personas, nuevos capítulos en los que el cansancio vuelve a aparecer. De nuevo están vacías, yo estoy vacía de ellos, de la importancia que debería darles, me canso, me deprimo, lloro porque no estoy en secuencia con sus vidas y porque sus vidas no me interesan, porque me canso de ellos, de ellas y de todo en menos de dos meses, porque me canso de mi y mis manos se paralizan al no escribir más, y aunque vivo creando expectativas, me vuelven a decepcionar y cuando carezco de vision para evitar la decepción vuelven a hacerme sentir que debí exagerar sus historias o que era mejor tener expectativas para no caer en nada, pero son comunes y cuando lo común se vuelve repetitivo se siente la pobreza de la creación, sabiendo que hoy en día es muy raro encontrar a alguien lo suficientemente extraordinario como para provocarme escribir historias con páginas escritas con la última tinta, forzando mis manos a crear textos que no acaben en el cansancio de las primeras páginas.

El tropiezo de la mentira

Ante la fantasía las mentiras serían geniales sino terminaran golpeándose con la verdad en el camino, siempre tropiezan la una con la otra pues entre verdades también existen las mentiras.

Se mezclan propiciando golpes que al principio parecen no quebrantar y en el momento en el que descuidas una vez más las palabras que salen de tu boca entonces se enredan ahorcándose la una con la otra, la verdad y la mentira te van matando porque no sabes que fue real, porque desconfías tanto de la verdad en su maldad como de la mentira en su inocencia.

Por eso hay quienes son suicidas que en su honestidad van muriendo poco a poco, la verdad, decir siempre la verdad, no siempre será bueno, a veces te dejara tan sólo que dudaras de ti, que empezaras a ocultar lo que ves con tus ojos para aparentar con tu boca cuando hablas.

La mentira es la apariencia más factible, lleva consigo fantasías delirantes y exagera en todo lo posible con tal de no ser un suicida, se balancea con suavidad para contar con facilidad antes de equivocarse y decir la verdad, esa verdad suicida que parece matar a las personas hoy en día.

Por eso hay quienes viven de las mentiras y van sobreviviendo con las dudas en el camino, especialmente con excusas que parecen tener sentido y dar más peso a una mentira que saque más sonrisas que tristezas, pues ante la fantasía de algunos la verdad tiene menos avance que la mentira.

Amor que mata

Ella está tan miserablemente sola que busca amor en quien la rechaza, pareciera que quiere morir, sufrir entre el trago amargo de la realidad y un suicidio lento basado en decepciones de la verdad.

Ella quien lo quiere por su voz, quien lo anhela por sus cuentos en los que las historias son cortas y profundas, esta muriendo poco a poco por el realismo, porque él nunca la va querer, porque ya sabe amar y no es ella a quien él ama.

Ahí está ella con sus lágrimas a media noche y en medio camino porque quería que él la amara y sin embargo, se sintió peor, casi a morir, sin nada que vivir.

A ella nadie la ama, nadie la quiere o al menos es lo que cuenta a su espejo, quien no para de llorar por ella, quien muere poco a poco, quien por poco vive y de nuevo la realidad la hace morir en el suicidio de la ceguera ante el realismo.

Corriendo

Haz decidido comenzar el camino, sabiendo que otra vez tendrás que cruzar mares para llegar a tu destino. Pero, no importa, te haz levantado de nuevo, con un dolor que parecía absorber tus venas dejándolas sin flujo, casi muriendo y buscando por todos lados quien te haga destapar esa obstrucción.

Ahí estás, tú solo, detrás de un mundo que parece escaparse de ti, que te deja atrás y que te hace sentir que siempre debes estar en carrera para llegar a tu destino, para volver a vivir.

¿Y ella? Ella está aún más lejos, detrás de ti, sin ti y aún sintiendo cada latido de ti, te ama. Aún cuando no mires hacia atrás, cuando tú mundo se te escapa ante los ojos porque te haz empeñado en ese mundo que tanto te huye, con las venas casi a explotar porque no entiendes como tú destino se te ha escapado, porque no miras hacia atrás, aunque te estés muriendo, aunque a ella la estés matando por estar contigo, no miras hacia ella, a quien su mundo se le ha escapado con tu orgullo, con quien no volteó a verla aunque pudiese salvarse.

Fácil

Que fácil es ilusionarse, estamos en una época en la que el amor parece darse generosamente, en la que aparenta ser tan fácil como un susurro de buenas noches que solo te hace querer seguir soñando.

Y de momento llega la desilusión, el capricho de la duda en la que no quieres preguntar por aparentar cordura, pero duelen, las dudas matan al conocimiento entre enredos de preguntas que no tienen respuestas y solo al final causan arrepentimiento.

Aun así, es fácil ilusionarse, cuando se habla bien, cuando los elogios parecen intentos de conquistas aunque sean simples, pero, entonces se ve muy fácil, demasiado bueno para ser real, y lo ves en una foto, con alguien que aparenta ser todo y quizás no lo sea, quizás si, pero ahí está la duda, vuelve a sofocarnos entre modernidades de aparentar y no de ser.

Y vuelves a caer, vuelves a dejar pasar ese tiempo que parece eterno y solo en los momentos en que ya no puedes volver te sientes atrapada, como si el tiempo hubiese sido una ilusión, pero vuelves y te ilusionas y otra vez piensas que el tiempo es eterno y que para amar siempre habrá tiempo.

Lo bueno de no ser

Tanteando entre recuerdos de mi niñez, recordé lo que era vivir.
Tengo imágenes aun de lo que era ayer, casi nada diría el extraño de a lado, pero a mi pensar, era tan infinita, estaba tan llena de ilusiones y parecía ser tan especial, que quisiera decrecer por un instante y volver a aquel tiempo en que sonreía por nada.
Comencemos por la forma en que me resistía a los peinados tan perfectos que mi madre pretendía hacerme, eran tan molestos que en cuanto salía de la casa, con mi rebeldía máxima, miraba hacia atrás, hacia mi madre y me soltaba el cabello, su cara de desilusión era algo que hoy me da un poco de pena, sé que estaba intentando lo mejor, pero debía comprender que estaba anticipando las desprolijidades que haría más tarde, nunca fui de peinarme, hasta que crecí y tuve que aparentar un peinado a la perfección que se acoplara a la sociedad.
Luego, los vestidos, me encantaban los colores, era muy colorida cuando pequeña, en eso no había problemas, aun así siempre estaba el niño perfecto con su risa burlona diciéndome que parecía un arcoíris y debo admitir que en esos momentos solo me inspiraba a ser más colorida, porque me gustaba ser parte de la alegría de ese niño tan guapo y perfecto, ¡que inocente! Pero al crecer, otra vez volví a aparentar; colores neutrales, negros, blancos y combinables que impusieran presencia, que aburrida me sentía yendo a cualquier lugar con el exterior casi de luto y el interior llorando por la muerte de esos viejos colores que alegraban al niño guapo.
Lo peor de todo fue cuando cambie mi personalidad, la forma en que hablaba con aquellos compañeros que parecían amistades, esas charlas llenas de tonterías en las que aun siendo intelectual para los grados que tengo me entretienen más que la política absurda que mueve al mundo por demostrar el grosor de su existencia como si estuvieran en una competencia. Hablaba de tonterías y teorías que no tuvieran un porque o un “a que viene el tema”, solo hablaba de cosas que luego no recordaría, pero que causarían risas, esas eran el motivo de todas las tonterías, porque en esas charlas consideradas poco intelectuales había más impacto que provocaba sentir, reír, relajarse aún más sin tener que sentirse tontos por hablar de cualquier tema fuera de “cosas importantes”, éramos tontos cuando reímos y parecíamos inocentes sin la contaminación que sobra hoy día en ese intelecto proporcionado a la demanda y no a la pasión.

Ahora terminemos con lo que empecé, quiero retroceder por un momento que parezca eterno y que me haga feliz, quiero amar sin ese envoltorio social en el que la imperfección es motivo de rompimiento, anhelo ser el universo en el que las luces son las estrellas y no la contaminación industrial que tanto nos ha impedido ver más allá. Quiero egoístamente todo lo bueno de la niñez y solo vivir sin pensar que mañana tendré que vestirme para seguir imitando a una sociedad tan llena de apariencias y tan vacía de experiencias.

Los fantasmas y el vagabundo

En un edificio abandonado en el que dormían varios vagabundos fueron encontradas algunas cartas llenas de lamentos que parecían querer espantar a toda persona que intentara leerlas, incluso a aquellos que estaban ciegos por la vida. Al encontrar las cartas algunos vagabundos intentaron quemar cada uno de ellas para darse calor, pero había algo que les impedía siquiera tocarlas pues tenían miedo a saber que alguien las había escrito con la esperanza de ser escuchados, tenían miedo de traicionar a los fantasmas que antes habían sido vagabundos, y ellos ni siquiera tenían esperanza en si mismo asi que casi todos decidieron ignorar las cartas, a excepción de uno.

Solo quedaba una persona en ese cuarto llenos de escritos, un vagabundo que apenas sentía sus mano y aun asi pudo sostener las cartas como si fueran vida. Ni la humedad ni todas las tormentas habían podido desvanecer lo que estaba escrito, por lo que si eran tan fuertes como para resistir, serian igual de fuertes como para dar calor, como para hacer sentir.

Al comenzar a leerlas el vagabundo empezó a temblar, era demasiado el dolor que habían escrito en ellas, aunque las cartas se mantuvieron tan firme que con todo y lo que temblaba el vagabundo podían leerse con claridad y hacer sentir cada palabra sin perderse.

Las cartas no tenían género, el vagabundo por más que leía no lograba distinguir si habían sido escritas por una mujer en llanto, un hombre en ruinas o un niño abandonado. Eran tan sentidas, tan amargas y tan infantiles a la vez, porque clamaban amor, venganza, aceptación y deseos a estrellas fugaces a las que ni siquiera sus deseos llegaron. Las cartas eran todo lo malo del amor, todo lo malo de la humanidad, eran el desprecio, el rencor y la angustia de la soledad, a la misma vez, eran esperanza el delirio buscando ser salvados o al menos escuchados.

En cada escrito el vagabundo no se detuvo ni un momento, siempre prestando total atención, quizás los fantasmas estaban allí viendo cómo alguien reaccionaba a sus cartas, como eran leídas por alguien que aunque nada tenía lograba sentir mas que aquellos que por pena habían desistido de leerlas, aun en su abandono se podía conmover, pues sus lágrimas mostraban sentimientos por aquel que con tanto dolor las había escrito, su miedo que parecía cobardía era en realidad agonia de saber que tanto alguien había sufrido, que tanto otros pueden lastimar y ser tan dejados como para dejar de existir, como para ser un vagabundo. El vagabundo en su tristeza se sintió acompañado, sentía que debía amar a quienes habían logrado que su corazón se sintiera cálido, esas cartas que dentro de todo lo triste aun asi buscaban amor, ser escuchados y ser salvados.

Al final guardo cada carta y respondió a ellas una por una, con sentimientos que al igual que a él, a otros podría servir de compañía, porque el vagabundo también deseaba ser escuchado, no necesitaba de nada mas que sentirse en complicidad de alguien que lo quisiera como tanto había rogado a las estrellas fugaces.

Ventana al alma

No quedó nada de él, tal parece que el invierno lo congelo en un recuerdo en el que apenas se pueden indentificar sus ojos, esos ojos tan profundos que me miraban, a esos que aún recuerdo.

No tenía tanta angustia desde que era pequeña, en mis historias siempre estaba al final de la fila, era yo quien miraba a los demás irse, y ahora estoy en el medio, casi al delirio de ser nadie, de olvidarlo a él y olvidarme a mi en sus ojos.

Nos vemos en otros por ese sentimiento de compatibilidad en la que alguien nos ha enseñado a sentir que debemos pertenecer, que existe alguien para nosotros en algún lugar o tiempo lejano, pero él, a quien yo quise se fue, y con él sus ojos arrebatados de locura que me hacían ver tan cuerda.

No recuerdo su rostro, pero sus ojos tan abiertos, tan redondos y tan profundos me robaron mi amor, así que como olvidarlos, me enamoré de su mirada, de su ventana al alma llena de locuras dictadas por una sociedad carente de cordura, pero él se fue y entonces me quede aquí, anhelando que él me recordara, que me amara sin el rostro tal como lo amé yo a él. Se fue sin compasión, sin siquiera devolverme el alma que con tanto amor le había entregado.

Como olvidar sus ojos, esos que no me volvieron a mirar, qué se robaron mi amor sin siquiera saber que yo lo amaba.